...SOMOS ESTA TIERRA.


 


[ somos esta tierra, esta tierra roja; y somos los años de inundación, 
y los de polvo y los de sequía, Las uvas de la ira, John  Steinbeck ]



Para viajar a la infancia hace falta haber recorrido muchos paisajes. Hasta que no cayó la tarde no saqué la cámara, a recaudo en unos metros de sombra que ofrece la fachada de la casa, a la que no entro ni entraré desde hace al menos 15 años. En ella, mi tío hablaba de toros, camiones y de Franco. 
Aquí jugaba yo de chico, le digo a Valeria, o más bien a su madre, al fútbol, a torear.
Los niños de los 90 criados en ambientes rurales jugaban a la caza y a los toros. 




A los siete años envidiaba un capote de mi primo segundo, que nos servía a ratos para dar un paseíllo ficticio, mientras despellejaban un par de cerdos y cocían garbanzos los hombres y mujeres de la familia y acoplados. En aquella época, las reuniones en torno a la matanza de un cerdo o un cordero eran una sucesión de visitas con decenas de historias particulares, aclamados como gatos por el olor de carne fresca. Los gatos, silvestres, esperaban su turno para degustar un poco de triperío sobrante.
Juzgar la tierra más de dos décadas después es tan absurdo como hacerlo con un libro de época. 




Mi deseo es fotografiar ovejas, las oigo a lo lejos, pero vuelven solas de la ribera del río, al anochecer, tal cual autómatas. Los tiempos modernos, supongo. Gracias a una oveja nací yo, cuenta siempre mi madre. La embistió una de ellas dejando una niña en el camino y un desconsuelo, que acabé mitigando yo, cuarentones ya ambos. 
Adentrarse en el terruño es viajar al pasado. Antiguas bañeras hacen de abrevaderos, un antiguo somier acaba de oxidarse como puerta de la cancela. A propósito del nacimiento de Valeria, cuentan partos propios y ajenos, a tu abuela le sacaron la placenta soplando con una botella, dice alguna.





Uno de mis tíos mantiene una pequeña huerta, hortalizas y frutales. Toda la vida como repartidor de oxígeno embotellado para acabar con un pulmón anulado. Nos llena una bolsa de albarillos. Mi tía se empeña que me lleve a casa un gato, un perro, lo que sea con tal de aliviar una boca.





Los perros se arremolinan en torno a mí y a la cámara, piden ser fotografiados. En especial a un cruce de bodeguero, o eso creo, al que le muestro su imagen en la pantalla de la Canon. Alguna se ríe de mí, pero se lo he visto hacer a fotógrafos de NaTGeo y funciona. Cada día disfruto más fotografiando perros, en especial si poseen una mirada tan pura y sincera como estos.
A pesar de todo, la vida en el campo ha cambiado. 
Véase sin ir más lejos la raza de los cerdos, media docena de cerdos vietnamitas a los que mucho me temo que les restan días. 




Por más que lo intento, me es imposible fotografiar decentemente a los puercos. La luz escasea y a punto estoy de caer a la zahúrda en más de una ocasión. 
Los rostros que ya no están los llevo en la memoria, diario de aquella infancia, pues uno de los únicos elementos que no aparecían entre palas y machetes durante aquellos días era una cámara fotográfica.
Eran otros tiempos; la misma tierra.



Pd; Recomiendo Las uvas de la ira, al igual que otros libros rurales como Intemperie o La tierra que pisamos. Grandes libros para el verano. Recuerdo que todas las compras realizadas en los enlaces de La Selva Dentro proporcionan un pequeñísimo soporte al blog. Mil gracias.

Pd2; Yo a los pies años con algunos de mis caballos. Larga vida a la memoria.





















Comentarios

  1. Leí Intemperie, maravilloso, de los libros que calan y no se olvidan tan fácil.

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    1. Uno de los preferidos. Cuando recomiendo es porque lo siento. Gracias por visitar LaSelva!

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  2. Buenas, está bién saber libros para leer en verano, me fio de tu criterio. Maravilloso blog Mario.

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    1. Gracias Nerea! Seguiré recomendando y espero que seas fan del blog!

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